Artículo elaborado el año 2007, para el Magíster en Educación, mención Orientación Educacional, de la Universidad de La República, Chile.
RESUMEN:
La familia podría considerarse el aula primordial, por cuanto en ella se lleva a cabo el proceso de socialización del hombre. Allí se experimentan por primera vez el contacto físico y emocional, el lenguaje, las creencias, valores, tradiciones y conductas, ejerciendo una influencia determinante en el desarrollo de cada niño y adolescente (Rosales, 2006).
Es fundamental que los padres entiendan el impacto que su influencia tiene sobre el aprendizaje de sus hijos, de modo que puedan constituirse en agentes mediadores de un modelo de desarrollo integral, y a su vez trabajar coordinadamente con la escuela, compartiendo responsabilidades (Rosales, 2006).
No obstante, en muchas ocasiones las dinámicas familiares disfuncionales inciden en la emergencia o profundización de déficit, síndromes o trastornos, los cuales, si bien se originan en el seno familiar, suelen gatillarse en el contexto escolar, en donde el niño encuentra un espacio para poder expresar la emocionalidad contenida o las conductas aprendidas.
El presente ensayo pretende abordar a través del análisis de un caso la crisis de la familia chilena en el ámbito de la comunicación entre padres e hijos, intentando establecer factores causales, preventivos y de tratamiento educativo.
INTRODUCCIÓN
Como en todo sistema, en una familia el flujo permanente de mensajes verbales y no verbales se transformará con el tiempo en una dinámica familiar en la que esposo y esposa, padres e hijos, aprenderán formas para comunicarse y relacionarse. En algunas ocasiones estas formas resultarán adecuadas, experimentándose una cotidianeidad en la que todos los actores familiares tendrán la oportunidad, el derecho y la responsabilidad de expresarse con libertad y respeto. Sin embargo, es fundamental saber que el logro de una dinámica familiar caracterizada por esa libertad y ese respeto no es accidental sino más bien resultado de la intervención de los padres en función del desarrollo de sus hijos.
La comunicación de los padres con sus hijos es fundamental para que este último vaya integrando en su repertorio comportamental, emocional y valórico aquellas habilidades, destrezas y conocimientos que lo transformarán en un niño, adolescente o adulto funcional, que se adapte positivamente a los diferentes contextos en los que le toque participar. En pocas palabras, el nivel de adaptación y participación que muestre el niño en su sala de clases será reflejo de los aprendizajes que anteriormente consiguió en su hogar (Rosales, 2006).
En este sentido, la familia se constituye en un foco de observación primordial para la educación moderna, un espacio de relación que el profesor debería poder abordar para el beneficio de sus estudiantes. Al relacionar los avances de la psicología, específicamente de la terapia familiar sistémica, con la teoría pedagógica, los educadores podrían llevar a cabo intervenciones educativas o participar en acciones multidisciplinarias que tuvieran como resultado la disolución de muchos problemas escolares y familiares (Rosales, 2006).
La importancia de la comunicación en la familia radica que será ahí en donde el hijo, como parte de un todo, aprehenderá valores y comportamientos que posteriormente dará a conocer en otros contextos, principalmente el escolar (Rosales, 2006). Sin embargo, en muchas ocasiones los padres no perciben está responsabilidad o asumen que la escuela podrá corregir o reeducar a sus hijos en aquellos aspectos en que ellos, como formadores, presentaron deficiencias. O peor aún, podría ocurrir que los padres no asuman ningún tipo de responsabilidad y consideren los problemas de sus hijos como dificultades propias de su individualidad física o psicológica, frente a los que el sistema familiar se ha visto perjudicado, pero que en ningún caso ha sido factor causal. Será en ese momento cuando los padres vean en la escuela y en la figura del profesor o profesora una solución a sus problemas. Pero, ¿qué ocurrirá si en realidad el problema de un niño es una reacción de este a las dinámicas disfuncionales que sus padres han establecido? ¿Cómo podría el profesor hacer entender a esos adultos que son ellos los que deben cambiar para el beneficio de su hijo? Lo cierto es que ese profesor debe intentar que esos padres comprendan que eso que se explicaron a si mismos con tanta seguridad, eso que creyeron tan real, tan cierto, no lo era, y que vale la pena escuchar algunas verdades que al parecer no quieren oír.
En definitiva, el problema de un niño, ese que se muestra tan espectacularmente en el salón de clases, no será jamás un fenómeno que pueda analizarse en forma aislada, sin considerar las influencias que ha recibido de los diversos medios sociales en los que ese niño ha interactuado, especialmente el hogar. Y es que la familia no se reduce a la suma de interacciones entre padres e hijos, entre hermanos y entre la pareja, sino que es una totalidad que, para ser comprendida, debe ser observaba como tal (Rosales, 2006). Si bien, como sistema abierto recibirá permanentemente feedback del medio y entregará información a este, sólo observando su identidad histórica como sistema único se podrá entender el por qué se sus significados. Las tareas, reglas, estilos, procesos de diferenciación, estructuras internas, creencias, tradiciones, valores, roles etc., podrán ser explicados sólo cuando el observador logre sumergirse en las constelaciones de interacciones de esa familia, para poder ver cómo esas formas de relacionarse se han moldeado en función de las experiencias tempranas del sistema y del contacto continuo de este con un espacio cultural y un tiempo histórico determinado (Gergen, 1992).
Es una tarea compleja modificar aquellos patrones de conducta que, aún siendo disfuncionales o perjudiciales para los integrantes de un sistema, han sido aprobados y perpetuados. Y lo es porque en realidad no será el profesor, el psicólogo o el orientador el que efectuará esas modificaciones, sino que deberá ser la propia familia la que, voluntariamente, decida cambiar. Deberán ser en último caso los adultos de ese sistema quienes que lo hagan, para que así sus hijos aprehendan modelos que les permitan adaptarse con más éxito a su medio.
A continuación, se expondrá a modo de ensayo el análisis de un caso, en el cual se intentará identificar algunas de las muchas causas de los problemas de comunicación a nivel familiar y los efectos de estos en la conducta y aprendizaje del niño. Además se señalarán estrategias de tratamiento educativo.
UN CASO DE MALA CONDUCTA ESCOLAR
Aldo tiene 16 años, llegó a la ciudad a inicios de 2007, proviene de una escuela pública de Santiago. Vive con Su padre Juan (40; empleado público), su madre Diana (37; dueña de casa) y su hermana Sonia (9). Desde pequeño Juan mostró problemas conductuales que le impedían un óptimo aprendizaje. Fue catalogado en su antigua escuela como niño problema y recibió serios diagnósticos por parte de psicólogos y psiquiatras: Síndrome de Déficit Atencional con Hiperactividad; Trastorno Oposicionista Desafiante y Trastorno Conductual.
En los pocos meses que lleva en su nueva escuela la situación no ha cambiado, continua mostrando dificultades las que en muchos casos se han agravado. A raíz de un último evento en el cual le robó dinero a una compañera salieron a la luz otros hechos, había golpeado a varios niños menores, se escapaba continuamente del liceo y se especulaba un posible consumo de drogas.
Ante esto, el director mandó a llamar a sus padres, cita a la que solamente acudió la mamá. Ella se veía sin recursos para enfrentar el problema, por lo que la dirección exigió la evaluación de un psicólogo externo a la institución. Este último diagnóstico un trastorno disocial, el cual se caracterizaba por un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que se violan los derechos básicos de otras personas o normas sociales importantes propias de la edad.
Posteriormente el muchacho inició una psicoterapia individual en la que no se consiguieron mayores avances. El psicólogo recomendó entonces una terapia de familia pero el padre no estuvo de acuerdo. Durante los siguientes meses la situación del niño se agravó, lo cual hizo peligrar la permanencia del estudiante en el liceo.
Finalmente se consigue una entrevista de ambos padres con el orientador y el profesor jefe en la cual él padre manifiesta tranquilidad, señalando que considera normal el comportamiento dada la edad de su hijo y los cambios propios del adolescente. La madre no emite mayores comentarios y cuando lo hace es refutada por el marido. La entrevista continúa con una discusión entre los progenitores y la confesión de antiguos conflictos maritales. El padre señala que se caso “obligado” dado el embarazo de su esposa, la madre reclama por la pasividad de su esposo frente a los problemas familiares. Antes de finalizar, ambos se muestran de acuerdo en que la culpa de todos sus problemas recae en Aldo, quien no ha sabido conducirse como hijo y estudiante.
ANALISIS DE LA COMUNICACIÓN DEFICIENTE ENTRE PADRES E HIJOS
En el caso anterior se pueden identificar o deducir una serie de hechos que pueden considerarse factores de riesgo para conductas disruptivas de un niño en la escuela. Todos ellos, evidentemente, se caracterizarían por déficit a nivel comunicacional en el sistema familiar. En principio, y desde una visión sistémica clásica, se puede decir que la conducta del adolescente se explica en términos de la función que cumple dentro del sistema familia. La denominada conducta disocial podría ser la resultante de un conflicto de pareja entre los padres, más que una consecuencia de una disfunción neurocognitiva o un deficiente control de impulsos del estudiante. Bajo esta perspectiva sería común que los padres critiquen la conducta del muchacho, manteniendo de esa forma la dinámica familiar en la que el conflicto real se encubre bajo un problema reactivo del hijo. De ese modo el sistema se mantiene a sí mismo, ofreciendo resistencia al cambio y conservando las pautas que han sido preferidas por ellos durante tanto tiempo. Bajo esta dinámica el primer factor de riesgo observable es la ausencia de límites entre padres e hijo, los cuales existen cuando alguno de los integrantes del sistema ejecuta conductas particulares que los otros no llevan a cabo. El límite más importante a nivel familiar es el generacional, que crea dos subsistemas, el ejecutivo y el fraterno. La conducta que define este límite es la parental, la cual debe orientar a los otros subsistemas para que cumplan sus tareas apropiadamente, y a la vez facilitar la comunicación. Ambos hechos, en el caso no se observan. El padre es pasivo, considera normales conductas desadaptativas lo que cual hace deducir ausencia de normas y despreocupación parental. La madre a su vez continúa culpabilizando al hijo, sin poder apreciar el real impacto de sus propias conductas en los hechos. Esto es relevante, ya que, desde esta visión sistémica, es un hecho que todos los sistemas se organizan jerárquicamente, lo cual supone que no todas las partes del funcionan a un mismo nivel. Así, el riesgo en este caso es la ausencia de control, el que, de existir, permitiría mantener el equilibrio y la estabilidad del sistema. Este control requiere de retroalimentación, es decir, de un proceso de regulación entre respuestas (salida) y estímulos externos (entradas) (Montenegro, 1997).
Otra forma de conceptuar esa dificultad es pensando en el denominado Rodeo o Coalición Desviada, en el cual un conflicto entre dos (en este caso los esposos) se tapa para disminuir es estrés culpabilizando a un tercero o designándolo como causal del conflicto (el hijo) (Montenegro, 1997).
Ahora bien, el hecho de que el padre haya sido permisivo o pasivo y que la madre no tuviera las herramientas necesarias para atacar el problema, no quiere decir que existiera un patrón de comunicación establecido, puesto que evidentemente es imposible no comunicarse. Lo que ha ocurrido es que estas interacciones han sido disfuncionales desde el subsistema ejecutivo. Además, toda comunicación, aún siendo esta mínima, tiene un nivel de contenido y de relación. A su vez, la naturaleza de una relación dependerá de estas secuencias comunicacionales (Watzlawick, 1983).
Otro factor de riesgo serían las estrategias erróneas que esta familia efectúa para facilitar el tránsito del hijo por la etapa de la adolescencia. Se consideran normales sus conductas y se olvidan o desconocen los objetivos esenciales que el sistema ejecutivo del sistema familiar debe facilitar en el inicio de la pubertad y en la adolescencia. Estos se sintetizan en consolidar la identidad personal; fomentar la autonomía; respetar la individuación; respaldar la independencia; permitir la expresividad afectiva y equilibrar la libertad (Ríos, 1994). Para conseguir dichas metas se debe establecer un sistema de normas, de derechos y deberes, de espacios de reflexión y orientación.
Esto último nos conduce a considerar a la organización familiar en sí como un factor de riesgo importante, puesto que el estilo de crianza es inadecuado. Se sabe que el estilo parental óptimo es el democrático, en el que existe un equilibrio entre límites y afectividad, y que en el otro extremo encontramos estilos autoritarios altamente punitivos y traumatizantes. En este caso, se lleva a cabo un estilo de crianza permisivo o Laissez – Faire, en el que los límites no existen, pero tampoco el espacio de contacto afectivo necesario.
En otro ámbito, la experiencia de ser continuamente etiquetado se transforma en un peligro constante, una situación que más que hacer que el niño perciba soluciones lo hace verse atrapado en estas designaciones operacionales que facilitan la discriminación y refuerzan finalmente sus conductas, puesto que si se le dice continuamente que es malo o que tiene un trastorno lo más probable es que no se encuentren los recursos para revertir tan fatídica sentencia.
Finalmente, la escuela debe procurar no estigmatizar a sus estudiantes, sino más bien generar un sentido de pertenencia que los lleve a la integración y expresión libre de sus intereses y capacidades. Si la escuela en análisis a opuesto en duda la continuidad del alumno en la institución es porque no se tiene los recursos para el cambio, lo cual, a nivel escolar es un factor de riesgo importante. La competencia profesional del docente debe estar nutrida con conocimientos múltiples de variadas disciplinas, entre ellas la psicología y las estrategias de mediación de conflictos escolares (Fundación Chile, 2006).
Evidentemente la conjunción de estas variables, en las cuales la deficiente comunicación es un elemento común, llevará al niño o adolescente hacia el aislamiento y probablemente la anomia. Este aislamiento por lo común es sinónimo de desajuste cognitivo o trastorno emocional (Erikson, 1963), el cual, por supuesto, no se ha gestado por decisión del adolescente sino más bien como una respuesta ante el medio, una respuesta que le permite, al menos en apariencia, mantener una identidad integrada. Seguramente, si esta falsa identidad cayera, surgirían la tristeza y la rabia producida por una historia familiar en la cual nadie lo escuchaba y nadie se escuchaba. La escuela, por el contrario, debería de alguna manera procurar facilitar la integración de este niño y las relaciones positivas de él y sus pares. En la medida que él logre sentirse aceptado sus conductas disruptivas deberían ceder. Es la importancia mostrar a los niños y jóvenes nuevos modelos, otras formas novedosas de resolver problemas y adaptarse a la sociedad.
ABORDAJE EDUCATIVO PARA LA COMUNICACIÓN ENTRE PADRES E HIJOS
Si se considera que “las pequeñas reflexiones son las que van construyendo un espacio de vinculación porque los relatos se cuentan desde la propia experiencia de los interlocutores” (Gergen, 2004), se podría señalar que una estrategia esencial para poder trabajar el problema de la deficiente comunicación familiar y sus efectos en el comportamiento escolar de los estudiantes es la mediación educativa. El educador debe ser capaz de llevar a cabo conversaciones en las que se abran discursos tendientes a descubrir o redescubrir visiones, necesidades y soluciones.
Gergen (2004), señala que es una necesidad utilizar la creatividad en estos procesos de mediación y resolución de conflictos, ya que la creatividad facilita la adaptación a situaciones o dinámicas disfuncionales o muy conflictivas. Bajo su mirada, el conflicto no sería un problema en sí, ya que el problema sería en este caso como los padres, los profesores y el niño se enfrentan a este conflicto. El conflicto en el fondo es una oportunidad que tiene la familia y la escuela de aprender.
Ahora bien, a nivel estratégico, existen ciertas recomendaciones que el profesor debería seguir al abordar estas temáticas en un ámbito de mediación. Como se mencionó, dado que se habla de adolescentes, se debe intentar en primer término fomentar la pertenencia, tanto a la escuela como a esa familia que disfunciona. En segundo lugar, deben respetarse en la conversación los roles y funciones que la familia relata, no intentando cambiarlos sino más bien procurando entregar oportunidades para la redefinición y el cambio voluntario de las dinámicas. A su vez, no se deben mezclar los niveles de la estructura familiar, es decir, no se habla de temas maritales con el hijo, por ejemplo. Además, se debe intentar establecer un equilibrio entre lo que cada uno entrega en la conversación, entre el “dar y recibir”, dado que ello facilita la mediación del conflicto e impide manifestaciones negativas o dolorosas, ataques o disconformidad (Rosales, 2006).
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A nivel de aula también se pueden efectuar acciones tendientes al cambio. Por ejemplo, diseñar estrategias de enseñanza - aprendizaje altamente motivadoras en las que explícitamente se consideren los intereses de ese niño o adolescente que, hasta ese momento, está acostumbrado a no ser considerado o escuchado; potenciar paulatinamente en él el aprendizaje a través de la colaboración; hacerlo partícipe, también en forma progresiva, de diversas actividades en las cuales pueda expresarse, presentar creaciones o trabajos y explicar su significado; estar atento en cuanto al logro de comprensión de contenidos, demostrando escucha empática y preocupación; constituirse en un modelo de valores (Marchesi; Coll; Palacios, 1998).
A nivel psicológico es fundamental iniciar oportunamente un proceso de logro de autonomía e independencia que le permita al adolescente adaptarse adecuadamente a los diversos contextos, especialmente con sus pares. También es tarea en esta área desarrollar sentimientos de habilidad y competencia en distintos campos de acción, esto por supuesto en equilibrio con la percepción de sus propias debilidades, por cuanto estas deben apreciarse para poder mejorarse. De esa manera se podrán enseñar u orientar estrategias de resolución de problemas, haciendo énfasis en el tratamiento cognitivo conductual, técnicas de afrontamiento y modeling. El desarrollo de motivación de logro y una visión intrínseca de las situaciones resultará fundamental.
Se deberá enseñar a este adolescente a expresar sus reflexiones para poder ser comprendido por los adultos que le rodean, así como revisar su conocimiento en torno al mundo adulto.
No hay que olvidar que existen instancias de conversación que deben ser aprovechadas, los centros de padres y apoderados, las reuniones de padres y apoderados o las actividades extracurriculares, pueden convertirse en focos de conversación en donde se trabaje directamente con la familia, entregando herramientas e invitando a la reflexión.
CONCLUSIONES
La familia y la escuela son fundamentales en el desarrollo de hombres y mujeres. La familia, como núcleo social básico, es el primer modelo de relaciones sociales, el primer espacio donde el niño forma su autoimagen y autoestima (Arón; Milicia, 1999).
Cuando este niño ingresa a la escuela encuentra un nuevo espacio de desarrollo social, de gran importancia también (Rosales, 2006). La escuela complementa la enseñanza familiar, permite un mayor contacto con pares, confronta al niño con nuevos adultos y modelos y lo ayuda a desarrollar habilidades y conocimientos (Berwart; Zegers, 1981).
Sin embargo, muchas veces el sistema familiar no reproduce el modelo ideal de comunicación que se supone facilitará el desarrollo social y valórico de los hijos. Los conflictos intrafamiliares y la escasez de recursos para resolver los problemas por parte de los padres lleva a la familia a un círculo que se reproduce a sí mismo, en el cual los hijos se convierten en receptores de esta escasez de habilidades, de la agresividad y el aislamiento. Tal situación muchas veces lleva a los padres a culpar al hijo, por cuanto este muestra conductas disruptivas o anómicas. Sin embargo no siempre se preguntan por las causas de estas reacciones o por la influencia que la historia familiar ha tenido en ellas. La comunicación y el lenguaje como elementos esenciales del desarrollo, en estas familias se ven limitados a dinámicas o patrones de interacción autoritarios o permisivos que potencian la conducta indeseada del hijo.
Un enfoque pedagógico que centré su interés en la disolución de estas problemáticas debe ser un enfoque multidisciplinario en el cual el docente adquiera un rol protagónico y en el que se evite la etiquetación y la estigmatización. Fomentar los espacios reflexivos parece ser el camino, potenciar justamente ese nicho que presenta disfunción, el de la comunicación efectiva, afectiva y de calidad entre padres e hijos.
De esta manera los padres podrían encontrar en la escuela el espacio de relación que quizás nunca tuvieron, ese que les indique como deben actuar, cuales son sus roles y funciones, cuales son las estrategias que deben seguir, que es lo que de sus hijos deben esperar.
Y es que la familia necesita sentirse parte de un sistema que fortalezca su rol, que lo valore y le devuelva esa responsabilidad histórica de educación de sus hijos. Podrán así diferenciarse las tareas tanto de la escuela como de la familia, como procesos individuales y colectivos respectivamente, aunque ambos con un fin socializador (Arancibia y cols, 1997).
Hasta hoy día, por algún motivo las escuelas en América Latina han optado por mantener a los padres a distancia, limitando la participación de estos a rituales o ceremoniales que poco o nada tienen que ver con el proceso educativo en sí (PREAL, UNESCO, 1998). Como consecuencia de esto, los profesores y profesoras se ven enfrentados a múltiples problemas en sus estudiantes sin saber muchas veces hasta qué punto estos problemas se han originado en la familia y necesitan ser trabajados a ese nivel.
Vale la pena entonces aplicar lo que al respecto plantea la reforma educativa, es decir, integrar a los padres, invitarlos a reflexionar y debatir en torno a la formación académica y valórica de sus hijos (Rosales, 2006).
El ministerio de educación plantea que la familia debe ser participativa y que para ello se debe integrar a la familia de lleno al proceso enseñanza aprendizaje. De esa manera las acciones educativas serán más efectivas puesto que se unirán los esfuerzos de la escuela, la familia, la comunidad y el mundo académico (Mineduc, 1995).
No hay que desconocer que los patrones familiares que se han considerado comunes están cambiando. La familia tradicional ha sufrido modificaciones que podrían ser vistas como pérdidas o desventajas (Rosales, 2006), no obstante la confianza que se deposite en la conversación, en la comunicación y el lenguaje, nunca quedará sin ser retribuida.
BIBLIOGRAFIA
Erikson, E. 1963. Infancia y Sociedad. Norton. Nueva York.
Fundación Chile. 2006. Perfiles de Competencias Directivas, Docentes y Profesionales de apoyo. Programa Educación - Gestión Escolar.
Gergen, K. 1992. Realidades y Relaciones. Aproximaciones a la construcción social. Paidós. Barcelona.
Gergen, K. 2004. Dialogo con Kenneth Gergen: Los conflictos en la vida cotidiana. Diálogos del Fórum Barcelona.
Marchesi, A.; Coll, C.; Palacios, J. 1998. Desarrollo psicológico y educación. Alianza. Madrid.
Montenegro, H. 1997. Tratamiento familiar sistémico de los niños con problemas conductuales o emocionales. Rev. Chilena de Pediatría. 68 (6); 283-289.
Ríos, J. 1994. Manual de Orientación y Terapia Familiar. Madrid: Instituto de las Ciencias del Hombre.
Rosales, P. 2006. Magíster en Educación: Familia y Escuela. Universidad la República.
Watzlawick, P. 1983. Teoría de la Comunicación Humana. Herder. Barcelona.
La familia podría considerarse el aula primordial, por cuanto en ella se lleva a cabo el proceso de socialización del hombre. Allí se experimentan por primera vez el contacto físico y emocional, el lenguaje, las creencias, valores, tradiciones y conductas, ejerciendo una influencia determinante en el desarrollo de cada niño y adolescente (Rosales, 2006).
Es fundamental que los padres entiendan el impacto que su influencia tiene sobre el aprendizaje de sus hijos, de modo que puedan constituirse en agentes mediadores de un modelo de desarrollo integral, y a su vez trabajar coordinadamente con la escuela, compartiendo responsabilidades (Rosales, 2006).
No obstante, en muchas ocasiones las dinámicas familiares disfuncionales inciden en la emergencia o profundización de déficit, síndromes o trastornos, los cuales, si bien se originan en el seno familiar, suelen gatillarse en el contexto escolar, en donde el niño encuentra un espacio para poder expresar la emocionalidad contenida o las conductas aprendidas.
El presente ensayo pretende abordar a través del análisis de un caso la crisis de la familia chilena en el ámbito de la comunicación entre padres e hijos, intentando establecer factores causales, preventivos y de tratamiento educativo.
INTRODUCCIÓN
Como en todo sistema, en una familia el flujo permanente de mensajes verbales y no verbales se transformará con el tiempo en una dinámica familiar en la que esposo y esposa, padres e hijos, aprenderán formas para comunicarse y relacionarse. En algunas ocasiones estas formas resultarán adecuadas, experimentándose una cotidianeidad en la que todos los actores familiares tendrán la oportunidad, el derecho y la responsabilidad de expresarse con libertad y respeto. Sin embargo, es fundamental saber que el logro de una dinámica familiar caracterizada por esa libertad y ese respeto no es accidental sino más bien resultado de la intervención de los padres en función del desarrollo de sus hijos.
La comunicación de los padres con sus hijos es fundamental para que este último vaya integrando en su repertorio comportamental, emocional y valórico aquellas habilidades, destrezas y conocimientos que lo transformarán en un niño, adolescente o adulto funcional, que se adapte positivamente a los diferentes contextos en los que le toque participar. En pocas palabras, el nivel de adaptación y participación que muestre el niño en su sala de clases será reflejo de los aprendizajes que anteriormente consiguió en su hogar (Rosales, 2006).
En este sentido, la familia se constituye en un foco de observación primordial para la educación moderna, un espacio de relación que el profesor debería poder abordar para el beneficio de sus estudiantes. Al relacionar los avances de la psicología, específicamente de la terapia familiar sistémica, con la teoría pedagógica, los educadores podrían llevar a cabo intervenciones educativas o participar en acciones multidisciplinarias que tuvieran como resultado la disolución de muchos problemas escolares y familiares (Rosales, 2006).
La importancia de la comunicación en la familia radica que será ahí en donde el hijo, como parte de un todo, aprehenderá valores y comportamientos que posteriormente dará a conocer en otros contextos, principalmente el escolar (Rosales, 2006). Sin embargo, en muchas ocasiones los padres no perciben está responsabilidad o asumen que la escuela podrá corregir o reeducar a sus hijos en aquellos aspectos en que ellos, como formadores, presentaron deficiencias. O peor aún, podría ocurrir que los padres no asuman ningún tipo de responsabilidad y consideren los problemas de sus hijos como dificultades propias de su individualidad física o psicológica, frente a los que el sistema familiar se ha visto perjudicado, pero que en ningún caso ha sido factor causal. Será en ese momento cuando los padres vean en la escuela y en la figura del profesor o profesora una solución a sus problemas. Pero, ¿qué ocurrirá si en realidad el problema de un niño es una reacción de este a las dinámicas disfuncionales que sus padres han establecido? ¿Cómo podría el profesor hacer entender a esos adultos que son ellos los que deben cambiar para el beneficio de su hijo? Lo cierto es que ese profesor debe intentar que esos padres comprendan que eso que se explicaron a si mismos con tanta seguridad, eso que creyeron tan real, tan cierto, no lo era, y que vale la pena escuchar algunas verdades que al parecer no quieren oír.
En definitiva, el problema de un niño, ese que se muestra tan espectacularmente en el salón de clases, no será jamás un fenómeno que pueda analizarse en forma aislada, sin considerar las influencias que ha recibido de los diversos medios sociales en los que ese niño ha interactuado, especialmente el hogar. Y es que la familia no se reduce a la suma de interacciones entre padres e hijos, entre hermanos y entre la pareja, sino que es una totalidad que, para ser comprendida, debe ser observaba como tal (Rosales, 2006). Si bien, como sistema abierto recibirá permanentemente feedback del medio y entregará información a este, sólo observando su identidad histórica como sistema único se podrá entender el por qué se sus significados. Las tareas, reglas, estilos, procesos de diferenciación, estructuras internas, creencias, tradiciones, valores, roles etc., podrán ser explicados sólo cuando el observador logre sumergirse en las constelaciones de interacciones de esa familia, para poder ver cómo esas formas de relacionarse se han moldeado en función de las experiencias tempranas del sistema y del contacto continuo de este con un espacio cultural y un tiempo histórico determinado (Gergen, 1992).
Es una tarea compleja modificar aquellos patrones de conducta que, aún siendo disfuncionales o perjudiciales para los integrantes de un sistema, han sido aprobados y perpetuados. Y lo es porque en realidad no será el profesor, el psicólogo o el orientador el que efectuará esas modificaciones, sino que deberá ser la propia familia la que, voluntariamente, decida cambiar. Deberán ser en último caso los adultos de ese sistema quienes que lo hagan, para que así sus hijos aprehendan modelos que les permitan adaptarse con más éxito a su medio.
A continuación, se expondrá a modo de ensayo el análisis de un caso, en el cual se intentará identificar algunas de las muchas causas de los problemas de comunicación a nivel familiar y los efectos de estos en la conducta y aprendizaje del niño. Además se señalarán estrategias de tratamiento educativo.
UN CASO DE MALA CONDUCTA ESCOLAR
Aldo tiene 16 años, llegó a la ciudad a inicios de 2007, proviene de una escuela pública de Santiago. Vive con Su padre Juan (40; empleado público), su madre Diana (37; dueña de casa) y su hermana Sonia (9). Desde pequeño Juan mostró problemas conductuales que le impedían un óptimo aprendizaje. Fue catalogado en su antigua escuela como niño problema y recibió serios diagnósticos por parte de psicólogos y psiquiatras: Síndrome de Déficit Atencional con Hiperactividad; Trastorno Oposicionista Desafiante y Trastorno Conductual.
En los pocos meses que lleva en su nueva escuela la situación no ha cambiado, continua mostrando dificultades las que en muchos casos se han agravado. A raíz de un último evento en el cual le robó dinero a una compañera salieron a la luz otros hechos, había golpeado a varios niños menores, se escapaba continuamente del liceo y se especulaba un posible consumo de drogas.
Ante esto, el director mandó a llamar a sus padres, cita a la que solamente acudió la mamá. Ella se veía sin recursos para enfrentar el problema, por lo que la dirección exigió la evaluación de un psicólogo externo a la institución. Este último diagnóstico un trastorno disocial, el cual se caracterizaba por un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que se violan los derechos básicos de otras personas o normas sociales importantes propias de la edad.
Posteriormente el muchacho inició una psicoterapia individual en la que no se consiguieron mayores avances. El psicólogo recomendó entonces una terapia de familia pero el padre no estuvo de acuerdo. Durante los siguientes meses la situación del niño se agravó, lo cual hizo peligrar la permanencia del estudiante en el liceo.
Finalmente se consigue una entrevista de ambos padres con el orientador y el profesor jefe en la cual él padre manifiesta tranquilidad, señalando que considera normal el comportamiento dada la edad de su hijo y los cambios propios del adolescente. La madre no emite mayores comentarios y cuando lo hace es refutada por el marido. La entrevista continúa con una discusión entre los progenitores y la confesión de antiguos conflictos maritales. El padre señala que se caso “obligado” dado el embarazo de su esposa, la madre reclama por la pasividad de su esposo frente a los problemas familiares. Antes de finalizar, ambos se muestran de acuerdo en que la culpa de todos sus problemas recae en Aldo, quien no ha sabido conducirse como hijo y estudiante.
ANALISIS DE LA COMUNICACIÓN DEFICIENTE ENTRE PADRES E HIJOS
En el caso anterior se pueden identificar o deducir una serie de hechos que pueden considerarse factores de riesgo para conductas disruptivas de un niño en la escuela. Todos ellos, evidentemente, se caracterizarían por déficit a nivel comunicacional en el sistema familiar. En principio, y desde una visión sistémica clásica, se puede decir que la conducta del adolescente se explica en términos de la función que cumple dentro del sistema familia. La denominada conducta disocial podría ser la resultante de un conflicto de pareja entre los padres, más que una consecuencia de una disfunción neurocognitiva o un deficiente control de impulsos del estudiante. Bajo esta perspectiva sería común que los padres critiquen la conducta del muchacho, manteniendo de esa forma la dinámica familiar en la que el conflicto real se encubre bajo un problema reactivo del hijo. De ese modo el sistema se mantiene a sí mismo, ofreciendo resistencia al cambio y conservando las pautas que han sido preferidas por ellos durante tanto tiempo. Bajo esta dinámica el primer factor de riesgo observable es la ausencia de límites entre padres e hijo, los cuales existen cuando alguno de los integrantes del sistema ejecuta conductas particulares que los otros no llevan a cabo. El límite más importante a nivel familiar es el generacional, que crea dos subsistemas, el ejecutivo y el fraterno. La conducta que define este límite es la parental, la cual debe orientar a los otros subsistemas para que cumplan sus tareas apropiadamente, y a la vez facilitar la comunicación. Ambos hechos, en el caso no se observan. El padre es pasivo, considera normales conductas desadaptativas lo que cual hace deducir ausencia de normas y despreocupación parental. La madre a su vez continúa culpabilizando al hijo, sin poder apreciar el real impacto de sus propias conductas en los hechos. Esto es relevante, ya que, desde esta visión sistémica, es un hecho que todos los sistemas se organizan jerárquicamente, lo cual supone que no todas las partes del funcionan a un mismo nivel. Así, el riesgo en este caso es la ausencia de control, el que, de existir, permitiría mantener el equilibrio y la estabilidad del sistema. Este control requiere de retroalimentación, es decir, de un proceso de regulación entre respuestas (salida) y estímulos externos (entradas) (Montenegro, 1997).
Otra forma de conceptuar esa dificultad es pensando en el denominado Rodeo o Coalición Desviada, en el cual un conflicto entre dos (en este caso los esposos) se tapa para disminuir es estrés culpabilizando a un tercero o designándolo como causal del conflicto (el hijo) (Montenegro, 1997).
Ahora bien, el hecho de que el padre haya sido permisivo o pasivo y que la madre no tuviera las herramientas necesarias para atacar el problema, no quiere decir que existiera un patrón de comunicación establecido, puesto que evidentemente es imposible no comunicarse. Lo que ha ocurrido es que estas interacciones han sido disfuncionales desde el subsistema ejecutivo. Además, toda comunicación, aún siendo esta mínima, tiene un nivel de contenido y de relación. A su vez, la naturaleza de una relación dependerá de estas secuencias comunicacionales (Watzlawick, 1983).
Otro factor de riesgo serían las estrategias erróneas que esta familia efectúa para facilitar el tránsito del hijo por la etapa de la adolescencia. Se consideran normales sus conductas y se olvidan o desconocen los objetivos esenciales que el sistema ejecutivo del sistema familiar debe facilitar en el inicio de la pubertad y en la adolescencia. Estos se sintetizan en consolidar la identidad personal; fomentar la autonomía; respetar la individuación; respaldar la independencia; permitir la expresividad afectiva y equilibrar la libertad (Ríos, 1994). Para conseguir dichas metas se debe establecer un sistema de normas, de derechos y deberes, de espacios de reflexión y orientación.
Esto último nos conduce a considerar a la organización familiar en sí como un factor de riesgo importante, puesto que el estilo de crianza es inadecuado. Se sabe que el estilo parental óptimo es el democrático, en el que existe un equilibrio entre límites y afectividad, y que en el otro extremo encontramos estilos autoritarios altamente punitivos y traumatizantes. En este caso, se lleva a cabo un estilo de crianza permisivo o Laissez – Faire, en el que los límites no existen, pero tampoco el espacio de contacto afectivo necesario.
En otro ámbito, la experiencia de ser continuamente etiquetado se transforma en un peligro constante, una situación que más que hacer que el niño perciba soluciones lo hace verse atrapado en estas designaciones operacionales que facilitan la discriminación y refuerzan finalmente sus conductas, puesto que si se le dice continuamente que es malo o que tiene un trastorno lo más probable es que no se encuentren los recursos para revertir tan fatídica sentencia.
Finalmente, la escuela debe procurar no estigmatizar a sus estudiantes, sino más bien generar un sentido de pertenencia que los lleve a la integración y expresión libre de sus intereses y capacidades. Si la escuela en análisis a opuesto en duda la continuidad del alumno en la institución es porque no se tiene los recursos para el cambio, lo cual, a nivel escolar es un factor de riesgo importante. La competencia profesional del docente debe estar nutrida con conocimientos múltiples de variadas disciplinas, entre ellas la psicología y las estrategias de mediación de conflictos escolares (Fundación Chile, 2006).
Evidentemente la conjunción de estas variables, en las cuales la deficiente comunicación es un elemento común, llevará al niño o adolescente hacia el aislamiento y probablemente la anomia. Este aislamiento por lo común es sinónimo de desajuste cognitivo o trastorno emocional (Erikson, 1963), el cual, por supuesto, no se ha gestado por decisión del adolescente sino más bien como una respuesta ante el medio, una respuesta que le permite, al menos en apariencia, mantener una identidad integrada. Seguramente, si esta falsa identidad cayera, surgirían la tristeza y la rabia producida por una historia familiar en la cual nadie lo escuchaba y nadie se escuchaba. La escuela, por el contrario, debería de alguna manera procurar facilitar la integración de este niño y las relaciones positivas de él y sus pares. En la medida que él logre sentirse aceptado sus conductas disruptivas deberían ceder. Es la importancia mostrar a los niños y jóvenes nuevos modelos, otras formas novedosas de resolver problemas y adaptarse a la sociedad.
ABORDAJE EDUCATIVO PARA LA COMUNICACIÓN ENTRE PADRES E HIJOS
Si se considera que “las pequeñas reflexiones son las que van construyendo un espacio de vinculación porque los relatos se cuentan desde la propia experiencia de los interlocutores” (Gergen, 2004), se podría señalar que una estrategia esencial para poder trabajar el problema de la deficiente comunicación familiar y sus efectos en el comportamiento escolar de los estudiantes es la mediación educativa. El educador debe ser capaz de llevar a cabo conversaciones en las que se abran discursos tendientes a descubrir o redescubrir visiones, necesidades y soluciones.
Gergen (2004), señala que es una necesidad utilizar la creatividad en estos procesos de mediación y resolución de conflictos, ya que la creatividad facilita la adaptación a situaciones o dinámicas disfuncionales o muy conflictivas. Bajo su mirada, el conflicto no sería un problema en sí, ya que el problema sería en este caso como los padres, los profesores y el niño se enfrentan a este conflicto. El conflicto en el fondo es una oportunidad que tiene la familia y la escuela de aprender.
Ahora bien, a nivel estratégico, existen ciertas recomendaciones que el profesor debería seguir al abordar estas temáticas en un ámbito de mediación. Como se mencionó, dado que se habla de adolescentes, se debe intentar en primer término fomentar la pertenencia, tanto a la escuela como a esa familia que disfunciona. En segundo lugar, deben respetarse en la conversación los roles y funciones que la familia relata, no intentando cambiarlos sino más bien procurando entregar oportunidades para la redefinición y el cambio voluntario de las dinámicas. A su vez, no se deben mezclar los niveles de la estructura familiar, es decir, no se habla de temas maritales con el hijo, por ejemplo. Además, se debe intentar establecer un equilibrio entre lo que cada uno entrega en la conversación, entre el “dar y recibir”, dado que ello facilita la mediación del conflicto e impide manifestaciones negativas o dolorosas, ataques o disconformidad (Rosales, 2006).
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A nivel de aula también se pueden efectuar acciones tendientes al cambio. Por ejemplo, diseñar estrategias de enseñanza - aprendizaje altamente motivadoras en las que explícitamente se consideren los intereses de ese niño o adolescente que, hasta ese momento, está acostumbrado a no ser considerado o escuchado; potenciar paulatinamente en él el aprendizaje a través de la colaboración; hacerlo partícipe, también en forma progresiva, de diversas actividades en las cuales pueda expresarse, presentar creaciones o trabajos y explicar su significado; estar atento en cuanto al logro de comprensión de contenidos, demostrando escucha empática y preocupación; constituirse en un modelo de valores (Marchesi; Coll; Palacios, 1998).
A nivel psicológico es fundamental iniciar oportunamente un proceso de logro de autonomía e independencia que le permita al adolescente adaptarse adecuadamente a los diversos contextos, especialmente con sus pares. También es tarea en esta área desarrollar sentimientos de habilidad y competencia en distintos campos de acción, esto por supuesto en equilibrio con la percepción de sus propias debilidades, por cuanto estas deben apreciarse para poder mejorarse. De esa manera se podrán enseñar u orientar estrategias de resolución de problemas, haciendo énfasis en el tratamiento cognitivo conductual, técnicas de afrontamiento y modeling. El desarrollo de motivación de logro y una visión intrínseca de las situaciones resultará fundamental.
Se deberá enseñar a este adolescente a expresar sus reflexiones para poder ser comprendido por los adultos que le rodean, así como revisar su conocimiento en torno al mundo adulto.
No hay que olvidar que existen instancias de conversación que deben ser aprovechadas, los centros de padres y apoderados, las reuniones de padres y apoderados o las actividades extracurriculares, pueden convertirse en focos de conversación en donde se trabaje directamente con la familia, entregando herramientas e invitando a la reflexión.
CONCLUSIONES
La familia y la escuela son fundamentales en el desarrollo de hombres y mujeres. La familia, como núcleo social básico, es el primer modelo de relaciones sociales, el primer espacio donde el niño forma su autoimagen y autoestima (Arón; Milicia, 1999).
Cuando este niño ingresa a la escuela encuentra un nuevo espacio de desarrollo social, de gran importancia también (Rosales, 2006). La escuela complementa la enseñanza familiar, permite un mayor contacto con pares, confronta al niño con nuevos adultos y modelos y lo ayuda a desarrollar habilidades y conocimientos (Berwart; Zegers, 1981).
Sin embargo, muchas veces el sistema familiar no reproduce el modelo ideal de comunicación que se supone facilitará el desarrollo social y valórico de los hijos. Los conflictos intrafamiliares y la escasez de recursos para resolver los problemas por parte de los padres lleva a la familia a un círculo que se reproduce a sí mismo, en el cual los hijos se convierten en receptores de esta escasez de habilidades, de la agresividad y el aislamiento. Tal situación muchas veces lleva a los padres a culpar al hijo, por cuanto este muestra conductas disruptivas o anómicas. Sin embargo no siempre se preguntan por las causas de estas reacciones o por la influencia que la historia familiar ha tenido en ellas. La comunicación y el lenguaje como elementos esenciales del desarrollo, en estas familias se ven limitados a dinámicas o patrones de interacción autoritarios o permisivos que potencian la conducta indeseada del hijo.
Un enfoque pedagógico que centré su interés en la disolución de estas problemáticas debe ser un enfoque multidisciplinario en el cual el docente adquiera un rol protagónico y en el que se evite la etiquetación y la estigmatización. Fomentar los espacios reflexivos parece ser el camino, potenciar justamente ese nicho que presenta disfunción, el de la comunicación efectiva, afectiva y de calidad entre padres e hijos.
De esta manera los padres podrían encontrar en la escuela el espacio de relación que quizás nunca tuvieron, ese que les indique como deben actuar, cuales son sus roles y funciones, cuales son las estrategias que deben seguir, que es lo que de sus hijos deben esperar.
Y es que la familia necesita sentirse parte de un sistema que fortalezca su rol, que lo valore y le devuelva esa responsabilidad histórica de educación de sus hijos. Podrán así diferenciarse las tareas tanto de la escuela como de la familia, como procesos individuales y colectivos respectivamente, aunque ambos con un fin socializador (Arancibia y cols, 1997).
Hasta hoy día, por algún motivo las escuelas en América Latina han optado por mantener a los padres a distancia, limitando la participación de estos a rituales o ceremoniales que poco o nada tienen que ver con el proceso educativo en sí (PREAL, UNESCO, 1998). Como consecuencia de esto, los profesores y profesoras se ven enfrentados a múltiples problemas en sus estudiantes sin saber muchas veces hasta qué punto estos problemas se han originado en la familia y necesitan ser trabajados a ese nivel.
Vale la pena entonces aplicar lo que al respecto plantea la reforma educativa, es decir, integrar a los padres, invitarlos a reflexionar y debatir en torno a la formación académica y valórica de sus hijos (Rosales, 2006).
El ministerio de educación plantea que la familia debe ser participativa y que para ello se debe integrar a la familia de lleno al proceso enseñanza aprendizaje. De esa manera las acciones educativas serán más efectivas puesto que se unirán los esfuerzos de la escuela, la familia, la comunidad y el mundo académico (Mineduc, 1995).
No hay que desconocer que los patrones familiares que se han considerado comunes están cambiando. La familia tradicional ha sufrido modificaciones que podrían ser vistas como pérdidas o desventajas (Rosales, 2006), no obstante la confianza que se deposite en la conversación, en la comunicación y el lenguaje, nunca quedará sin ser retribuida.
BIBLIOGRAFIA
Erikson, E. 1963. Infancia y Sociedad. Norton. Nueva York.
Fundación Chile. 2006. Perfiles de Competencias Directivas, Docentes y Profesionales de apoyo. Programa Educación - Gestión Escolar.
Gergen, K. 1992. Realidades y Relaciones. Aproximaciones a la construcción social. Paidós. Barcelona.
Gergen, K. 2004. Dialogo con Kenneth Gergen: Los conflictos en la vida cotidiana. Diálogos del Fórum Barcelona.
Marchesi, A.; Coll, C.; Palacios, J. 1998. Desarrollo psicológico y educación. Alianza. Madrid.
Montenegro, H. 1997. Tratamiento familiar sistémico de los niños con problemas conductuales o emocionales. Rev. Chilena de Pediatría. 68 (6); 283-289.
Ríos, J. 1994. Manual de Orientación y Terapia Familiar. Madrid: Instituto de las Ciencias del Hombre.
Rosales, P. 2006. Magíster en Educación: Familia y Escuela. Universidad la República.
Watzlawick, P. 1983. Teoría de la Comunicación Humana. Herder. Barcelona.
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